Víctor Hugo Majano: Mi familia me presiona para que volvamos al campo

La  potencia de las investigaciones de Víctor Hugo Majano ha dado sus frutos en esta épica venezolana, al punto que desde los portales opositores se desdice su talante profesional. A través de los portales La Tabla y Misión Verdad, Víctor Hugo se ha convertido en la piedrita en el zapato de muchos adversarios al Gobierno Revolucionario. Se encarga de desenmascarar muchas “fake news” de las que se vale la derecha para desprestigiar la labor revolucionaria.
—¿Está el periodismo plagado de omisiones?

—Se ha perdido la línea de trabajo de la investigación, y pareciera que está muy asociado al tema del uso instrumental; en términos políticos, de la comunicación. Estamos haciendo propaganda desde la perspectiva de la situación política. Nos limitamos a hacer propaganda y le pasan cosas a los medios públicos, como esos silencios estruendosos que son mucho más notorios que si se hubieran publicado. El caso más reciente es el de la marcha campesina.

—Tú vienes de Barinas. ¿Cómo viste la situación del campo?

—Hay instrumentos agrarios que han sido entregados a favor de terratenientes. Igualmente las decisiones jurídicas y administrativas de los órganos en materia agraria. Hay también una cosa muy interesante, que es el tema del lenguaje, lo simbólico. Cuando hay organismos del sector agrario que te comienzan a hablar de productores, englobando a todo el mundo, tanto a terratenientes, a grandes productores industriales, a agroindustriales con los campesinos o las familias productoras, por supuesto que hay un desfase, porque lo que se pretende es uniformar a todos los actores del campo y englobarlos dentro de una visión productivista que desconoce las características propias de lo que es la agricultura familiar de los campesinos, que es, además, la agricultura que nos ha sostenido a lo largo de este período de guerra económica. Es más difícil controlar la producción campesina y boicotearla, que controlar, evidentemente, la producción de harina precocida, por ejemplo. Simplemente es una decisión empresarial, que en cualquier eslabón de la cadena puede afectar el proceso.

—¿Hay más conciencia en el campo que en la ciudad sobre la guerra económica?

—Hay mucha conciencia de la guerra económica y hay la conciencia para superarla, y sobre todo se tiene una agenda distinta. Los tiempos terminan siendo distintos, en el sentido de que en el campo no tienes que ir a comprar la comida del día y no te tienes que preocupar del almuerzo porque tienes la comida ahí, directamente. El campesino tiene una mayor capacidad productiva y de innovación. Y de superar la escasez de alimentación que en la ciudad no tenemos, porque el tiempo se nos consume en la búsqueda de las cosas básicas.

—¿Has pensado alguna vez en irte a vivir al campo?

—Lo he pensado, y desde el punto de vista familiar, hay una presión en ese sentido.

—¿De dónde eres?

—Mi origen es campesino. Si vemos las historias familiares de la gente, vamos a encontrar cómo nos fueron alejando culturalmente del campo. Yo creo que es muy importante la reflexión acerca de revisar las historias familiares de cada quien. Es decir, si tratamos de hacer analogía entre las historias de mi familia con la historia del país, vamos a comprender muchas de las situaciones que estamos viviendo, no solamente en lo político, sino en lo personal. Vemos cómo las migraciones del campo en los años 20 o 30 están asociadas a la búsqueda de empleo seguro –aparentemente– en la industria petrolera, en los servicios estadales, en educación. Muchas de nuestras tías eran maestras, enfermeras, gente que se fue vinculando con ese tipo de servicios de las ciudades.

—¿Qué hace tu familia?

—Mi familia materna es de origen campesino. Son productores de hortalizas de la zona alta del estado Lara, y mi abuelo, hasta el momento de su muerte, estuvo vinculado con la actividad de distribución de alimentos. Vivió vendiendo caraotas en su casa. Y en el caso de mi abuelo, te puedo comentar cómo ese proceso de su vinculación al campo y a la actividad agrícola, de alguna manera, se ve distorsionado por la aspiración de sacar a los hijos a las ciudades. Recuerdo los cuentos de mis tías de cómo sufrieron al venirse a la ciudad, arrimadas y trabajando para poder mantenerse en la casa donde les brindaban el alojamiento, estar solas durante temporadas muy largas, porque su mamá y su abuela permanecían en el campo, y con ese imperativo de la educación de la familia que termina obligándolas a irse a la ciudad. Probablemente, algunos con mucho éxito; otros con menos suerte. El caso de mi abuelo, que venía siendo una especie de distribuidor en los años 50, que se fue a Barquisimeto y se convierte en una especie de transportista de alimentos y, finalmente, se estableció en el mercado El Manteco. Esa pudiera ser una historia exitosa, pero muchas de esas historias pudieran ser, probablemente, de fracasos y sufrimiento, porque abandonar el campo implica dejar una fuente segura de alimentos. Así comienza el proceso de industrialización en el campo, y es cuando vemos que empieza a surgir, como en el caso de Portuguesa y los estados llaneros, la industrialización. Comienzan las siembras intensivas y los procesos de industrialización muy ligados, incluso, a los capitales internacionales. Recordemos que en los años 50 vinieron al país inmigrantes de origen italiano, portugués o alemán, y tenemos muchas de las zonas llaneras que se alimentaron de ese tipo de inversiones para promover ese nuevo modelo productivo y, de alguna manera, eso permitió fomentar ese latifundio y ese modelo termina siendo altamente dependiente del sector externo que implicaba maquinaria, procesos industriales formales, cosechas absolutamente industrializadas, incluso procesos tan delicados como el uso de herbicidas por vía aérea y a gran escala.

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Biografía Mínima

Nació el 20 de noviembre de 1966. Guaro de nacimiento, barinés de crianza y caraqueño por decisión. Viene del campo y fue criado por campesinos. Ha pensado volver a su terruño, más que todo por presiones familiares. Los temas que le apasionan son, justamente, el agrario y los de corrupción. Está entregado a la causa chavista con una tabla de salvación que apunta hacia su compañera y sus dos hijos, Ana Daniela, de 28 años, médica integral, y Antonio Ignacio, de cinco. Su compañera, Lilian Alfaro, también es una luchadora de la causa campesina. Es ganador del Premio Nacional de Periodismo Digital 2016, con su blog de investigación periodística La Tabla, y es también colaborador del portal Misión Verdad.

TERESA OVALLES MÁRQUEZ

FOTOS JAVIER CAMPOS
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