El Caracazo fue el primer golpe contra el neoliberalismo en América Latina

El 4 de febrero de 1992 la sociedad venezolana recuperó la esperanza en la posibilidad de una alternativa concreta al modelo neoliberal que desde de la década de 1980 se imponía triunfador y desafiante, en Venezuela y el mundo.
La opción del capital, la del libre mercado como garante del crecimiento económico, convertido en paradigma y dogma de fe, se erigía triunfante luego de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) . El Occidente capitalista había triunfado bajo la guía de la visión más extremista del modelo.
La batalla final que terminó con el mundo bipolar podría decirse que comenzó en 1979, cuando en el Reino Unido se inició el mandato de Margaret Thatcher. En medio de una crisis de la economía se impusieron las tesis de la privatización masiva y la liberalización de la economía.
Algo similar ocurrió en Estados Unidos con la llegada al poder, en 1981, de Ronald Reagan, en momentos de crecimiento negativo de la economía. Y aunque los trabajadores en ambas naciones llevaron la carga del ajuste y resultaron severamente afectados, los “éxitos” se reflejaron en indicadores macroeconómicos de crecimiento constante y especialmente baja inflación.
En ese contexto exitoso del capitalismo más agresivo la alternativa concreta al capital, es decir el “socialismo real” de la URSS, se derrumbó víctima de la ineficiencia propia de las burocracias. Esto ocurrió cuando el sistema soviético fue afectado por la propia crisis del capital, ya que en esencia el modelo respondía a los imperativos del capital. Y además las salidas planteadas fueron similares, con alguna timidez ciertamente, a las planteadas por el neoliberalismo.

EL FIN DE LA HISTORIA O LA TENTACIÓN  NEOLIBERAL
Los teóricos se apresuraron a decir que ya no había alternativa al sistema del capital. El socialismo había sido vencido y estaba tan derrotado que el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama, produjo su famosa obra El fin de la historia y el último hombre. Planteaba, con una lógica aplastante, que  “Lo que podríamos estar presenciando no sólo es el fin de la guerra fría, o la culminación de un período específico de la historia de la posguerra, sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano“
Es decir que con el fracaso político, económico e institucional de los estados que habían proclamado su carácter socialista, se le ponía punto final, se aseguraba la imposibilidad de que surgiera alguna alternativa al modelo de organización social del capital. En síntesis, y al menos en términos conceptuales, la utopía había muerto.
A partir de ese momento importantes sectores intelectuales se vincularon con más o menos compromiso con las tesis de Fukuyama, y con el resto de planteamientos más concretos que sustentaban el avance del neoliberalismo, tanto en lo económico como en lo político.
Las universidades venezolanas no escaparon a esta tendencia. En 1989 los contenidos de las materias de economía de la Escuela de Comunicación Social de la UCV (y hablo de mi propia experiencia), explicaban y justificaban las medidas del plan de ajustes.
No era que mis compañeros y yo nos habíamos convertido en neoliberales, pero al menos comenzábamos a ver con “comprensión” y como una fatalidad ineludible el programa impulsado desde el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Con nuestro profesor, Tobías Nóbrega (quien luego fue ministro de Finanzas en el 2002 y actualmente está enjuiciado por delitos contra el patrimonio público), “aprendíamos” que los ricos viajaban en avión por un asunto de eficiencia: su tiempo es más valioso que el de los pobres que viajan en autobús. De ninguna manera la razón estaba basada en discriminaciones.
Mientras tanto la izquierda, en la que desde adolescente yo había militado, apenas esbozaba críticas reivindicativas, tan tímidas como las de algunos sectores del propio partido de gobierno, Acción Democrática, frente al plan de ajustes macroeconómicos.
Este programa, contenido en la llamada Carta de Intención con el FMI, pretendía recuperar los equilibrios macroeconómicos, luego de que la economía venezolana experimentara, entre 1985 y 1988, anomalías como la pérdida de la mitad de sus reservas internacionales, una presión del tipo de cambio y dificultades para atender parte de los compromisos de pago de la deuda externa. Vale aclarar que las medidas del FMI realmente estaban orientadas a asegurar los pagos a la banca internacional, y esa sería la prioridad con el plan ejecutado en Venezuela.
Además la caída del “bloque socialista”, carente de explicación desde las posiciones progresistas, acrecentaba la sensación de derrota que sólo podía superarse con alguna actitud evasiva.

REBELION DE MULTITUDES Y CRIMINALIZACION DE LA PROTESTA
El detalle que más recuerdo cuando vi el cadáver en la urna fue la blancura de la piel. Contrastaba con una especie de hematoma verde casi negro en la parte superior de la frente. Era el 1° de marzo de 1989 y el lugar era el auditorio de Medicina Tropical en la UCV. El día anterior me había enterado que Yoko, la muchacha que siempre me saludaba con una sonrisa y usaba sandalias de cuero y faldas muy largas, se llamaba Yulimar Reyes y la habían asesinado la tarde del lunes.
En ese momento, mientras unos aviones verdes, grandes y que se movían con lentitud sobrevolaban Caracas, la sensación de tristeza y de desesperanza era tan grande que ni llorar se podía. Luego supe que los aviones se llamaban C-130 y que traían soldados (casi 10 mil llegaron) para seguir produciendo cadáveres, quizá no tan blancos como el de Yulimar.
Recuerdo que pocas horas antes, la tarde del 27-F en la “Tierra de Nadie”, muchos veían aquella “rebelión de la multitud” como el inicio de Revolución. Algo así como se podría uno imaginar la segunda venida de Cristo: aunque anunciada, sorpresiva e inesperada.
Sin embargo lo que el lunes parecía una fiesta (y hasta el mediodía del martes esa sensación se mantuvo en algunas zonas) se convirtió en el mayor escarmiento colectivo y generalizado que alguien pudiera imaginar. Y no sólo en términos físicos (los golpes, los disparos, el estado de sitio, la muerte) sino también en lo moral. Saqueadores y pillos fueron los términos menos ofensivos que se usaron para aludir a la gente.
No había otra opción que resguardarse. Esos días los pasé entre El Valle, donde vivía mi “compañera”, La Pastora, donde una amiga convertía una casa larga en precario pero acogedor refugio y La California, en casa de una tía que era mi residencia habitual.
El viernes comencé a hablar sólo, al tiempo que gesticulaba con las manos, intentando buscar una explicación, algún elemento que me ayudará a entender lo que había pasado. El sábado en un Volkswagen cuatro o cinco amigos recorrimos la ciudad, desde Petare hasta Catia, pasando por el 23 de enero, en una especie de “city tour” macabro.
Los soliloquios no me ayudaron mucho a la comprensión del evento. Lo que si me quedó claro fue que la matanza y la reiterada campaña contra “el saqueo y el pillaje” eran parte de un plan para arrancarle, por medio del terror, las ganas y los sueños a la gente y obligarlos a controlar sus arrecheras.
Fue hace sólo unos días, en enero de 2012, cuando entendí que la rebelión de 1989 fue el acto de mayor conciencia histórica que hayan realizado los venezolanos luego de la Guerra de la Federación.
La gente identificó con certeza y actuó sin titubeos contra su enemigo de clase. Es decir, contra la burguesía comercial importadora y contra sus “personalizaciones” más concretas (así lo diría el intelectual húngaro Istvan Meszaros), como son los abasteros y bodegueros, grandes, medianos o pequeños que por años se habían ido apropiado de sus precarios ingresos a través de la fijación de precios abusivos. (Y a más pequeños más abusadores).
La parte más grande de la burguesía venezolana, para explicarlo con simpleza, es parasitaria. Se chupa lo que producen los demás. Como por sí misma no tiene competencias transformadoras se apoderó, con el apoyo de la burocracia,  desde el siglo XIX de los puertos, de las divisas y de los sistemas de transporte y circulación de mercancías. Todo lo que necesite cualquier venezolano hay que comprárselo a ese remedo de burgueses al precio que ellos decidan.
Y para que no me quedaran dudas recordé que además fueron varios los locales de agencias bancarias que terminaron ocupados y desmantelados. Y comprendí la coherencia del asunto: los bancos distribuyen una mercancía llamada de dinero, la cual no sólo la venden muy cara sino que lo hacen sólo con un grupo selecto. No todos podemos ir a comprar a esos supermercados del dinero.
Pero adicionalmente recordé que la tarde del 27-F un grupo de motorizados (siempre los motorizados) realizaron protestas directamente contra la sede de Fedecamaras, ubicada en la urbanización El Bosque, donde representantes gremiales planificaban acciones para continuar apropiándose del producto del trabajo de la gente.

REBELION DE LA CONCIENCIA HISTÓRICA
El 4F aún no teníamos televisor. Mi hija de 2 años, mi mujer y yo vivíamos alquilados en un anexo (así llaman las viviendas precarias por allá) de unos 30 metros cuadrados, en un sector cercano a San Antonio de Los Altos. En 1991 habíamos logrado comprar la lavadora y la nevera luego de meses de ahorro..
Ya yo “reporteaba” desde finales de 1990 y hubo momentos en que llegue a tener hasta tres trabajos. Y de paso los fines de semanas hacia guardias en corresponsalías de periódicos de otros lugares del país. Mi mujer también trabajaba y aún así no habíamos podido comprar el televisor.
Por eso nos enteramos que había un “alzamiento militar” después de las 6 de la mañana, cuando salimos a trabajar.
Es evidente que en esos años muchos, como yo, andábamos sobreviviendo. Es decir era un explotado más, sin mayores expectativas de mejoras en mis condiciones de vida y no tenía ninguna esperanza de un cambio que rompiera radicalmente el modelo institucional y económico existente.
Esa mañana gracias a una “cola” logré llegar a Caracas desde los altos mirandinos. En mi recorrido reporteril estuve en Los Chaguaramos, donde dos vehículos de la Disip, frente a la sede policial, resultaron quemados. También en el hospital Pérez de León de Petare, verificando heridos y fallecidos, y en las cercanías de Miraflores. La tarde la pase en Agua Salud, sentado en el suelo con la espalda contra un caucho del carro de El Universal, mientras persistían disparos desde los bloques del 23 de enero y los edificios de la esquina de Tinajitas en la avenida Sucre. Las balas pasaban por encima de nosotros. Recuerdo que andaba con Venancio Alcázares como reportero gráfico.
Es innegable que aquello que estaba pasando lo entendía menos. Aunque no dejé de comparar al teniente coronel Chávez con el general Velasco Alvarado de Perú, que en 1968 dirigió un movimiento militar de corte nacionalista. Al menos me tranquilizaba pensar que estos militares no eran unos “gorilas” como los de los países del Cono Sur.
Lo que si me quedó claro fue que la gente andaba muy contenta, inclusive gente de  “clase media” celebró abiertamente. Además desde hacía varios años sectores empresariales venían, solapadamente, promoviendo la idea de un militar que pusiera orden y controlara los abusos y la corrupción de los políticos.
Hoy, a los 20 años, el tiempo transcurrido y las herramientas de análisis ayudan a entender y valorar con más precisión el sentido y la trascendencia de la rebelión.
Un primer aspecto a destacar es la comprensión que tuvo el movimiento insurgente de su “tiempo histórico”, usando el término de Meszaros. Así como de sus potencialidades transformadoras como componentes del cuerpo social.
La rebelión tuvo lugar en medio de condiciones conceptuales que sustentaban las tesis del “fin de la historia” y por lo tanto de la imposibilidad de alterar ese rumbo. Ninguna elaboración teórica parecía contraponerse al planteamiento hegemónico neoliberal.
Además las expresiones políticas concretas de los partidos y sectores de izquierda no lograban conectarse e identificar las necesidades de la gente o sólo tenían expresiones reivindicativas o de defensa de reivindicaciones logradas anteriormente y amenazadas por las medidas neoliberales.
En el plano internacional, con el derrumbe de la URSS, se define nítidamente el carácter unipolar del mundo. Y en unas fuerzas armadas con una altísima influencia de EEUU en lo doctrinario y lo operativo, como eran las venezolanas, habría sido previsible un mayor peso de esos valores y un cierre a la posibilidad de disidencia y menos de ruptura.
Sin embargo hay otros factores que posiblemente dispararon las opciones de ruptura y de superación del “tiempo histórico”. Uno puede ser la responsabilidad que recayó sobre las fuerzas armadas por la masacre de febrero de 1989. Es decir, una continuación de medidas rechazadas por la población reafirmaría la función represora de la institución militar.
Adicionalmente el impacto social del ajuste era abiertamente negativo. Especialmente el aumento de la pobreza, el índice de precios, la tasa de desempleo y la reducción de los subsidios. Todos estos factores obviamente afectaban directamente a los miembros del componente armado.
Por otro lado el inicio del proceso de privatizaciones en un sector estratégico como telecomunicaciones y el debate sobre los aspectos legales de la apertura petrolera (que se comenzó a  abordar desde 1989) sirvió de alerta ante decisiones que afectarían la soberanía nacional y que se habían constituido en valores de importancia.
Indudablemente un elemento a considerar era la confrontación que sostenían, entre sí y contra el gobierno, distintos sectores de la burguesía nacional, especialmente con relación a las medidas monetarias y comerciales que afectaban su acceso a la apropiación de la renta petrolera.  Estos componentes de la burguesía tenían actores que expresaban sus posturas tanto en el mundo político como en el ámbito militar, especialmente con oficiales generales.
Finalmente no se podría evadir el peso que tuvo el trabajo de captación y formación política que promovieron en las fuerzas armadas organizaciones de izquierda como el PRV y Bandera Roja, según los datos revelados posteriormente.
Estos elementos evidencian el carácter histórico de la rebelión. Esta surge por la comprensión, por parte de sus actores, de su “tiempo histórico” y de la conciencia de su potencialidad transformadora sobre el metabolismo social que encarnaban como individuos y como colectivo.
Y su detonante se encuentra en la agudización de las contradicciones originadas por el proceso de reconstitución del Estado y del modo de apropiación y distribución de la renta petrolera al final de la década de 1980. Todo ello como consecuencia de las medidas exigidas por el FMI para garantizar los pagos de la deuda externa.
Meszaros explica (al referirse al intento del fascismo italiano de dominar el pensamiento de Antonio Gramsci en 1928) que “los apologistas del capital hacían -y continúan haciéndolo- todo cuanto podían a fin de anular la conciencia que tiene el pueblo sobre su tiempo histórico, con la intención de eternizar su sistema.”
Y justamente eso fue lo que se pretendió hacer en toda América Latina en esos años. Y lo hicieron con la palabra y con la violencia más mortífera, todo con el fin  de que “el pueblo en general aceptase realmente esta concepción del tiempo apologético del capital (y se hundiese) en el abismo del pesimismo sin fondo.”
La rebelión del 4F por tanto no sólo le devolvió la esperanza a la gente, sino que le dijo al sistema del capital en todo el mundo que sí había alternativa, que el orden social del neoliberalismo y la unipolaridad no eran parte de una fatalidad insuperable producto del “orden natural”. Y que “el tiempo de los oprimidos y los explotados, con su vital dimensión de futuro, no puede ser eliminado”. (Las citas precedentes son de Meszaros en El desafío y la carga del tiempo histórico).

RECUPERANDO LA CONCIENCIA DEL TIEMPO HISTORICO
El movimiento rebelde del 4F, desde antes de su irrupción pública, conectó su propuesta con los antecedentes más lejanos de la formación de la nacionalidad. Con el modelo del “Arbol de las Tres Raíces”, reivindicaron a Bolívar, Simón Rodríguez y Zamora como precursores de su propuesta (contradictoria e indefinida) de reconstitución del metabolismo social.
Ese modelo, que vinculaba situaciones históricas y posiciones radicalmente diferenciadas y hasta confrontadas, sorprendió y sigue haciéndolo. Pero más allá de lo simplemente discursivo el hecho cierto es que el actual “orden social” tiene su origen en los procesos de conformación de nuevas relaciones sociales y de producción en los momentos de ruptura bélica (como las guerras de Independencia y Federal) y de modificación radical de la base económica como la expansión de la explotación del café y el petróleo.
Ya en los años siguientes el propio Comandante Chávez asumió ese papel de profesor de historia en cada uno de sus discursos e intervenciones. Eso nos ha permitido pasar de una historia expresada en fechas (no importaba nunca de que año) a una que da cuenta de los procesos que precedieron el momento actual.
Esa historia fragmentada e incoherente, relativa sólo a efemérides, tenía un fin abiertamente dominador por parte de esa burguesía comercial importadora, que sólo necesitaba construir valores sobre los productos materiales y culturales que traía desde los centros mundiales del poder. Primero desde Europa y luego desde EEUU.
Por lo tanto el pasado no importaba. Sólo era valioso el “eterno presente” con sus referentes concretos y espirituales que expresaban las modas, lo actual, importado desde el exterior. Mientras lo local, lo autóctono, es motivo de burla y se muestra como símbolo de atraso y de chabacanería.
Pero no sólo la burguesía asumía esa actitud frente al pasado. Desde la izquierda la visión de procesos como el de la independencia se despachaba como la “historia de la oligarquía”. Y quizá también pesaba mucho el carácter eurocentrista del pensamiento marxista.
La rebelión de febrero de 1992 al reivindicar el pasado le devuelve a la gente sus orígenes y le muestra que su “tiempo histórico” trasciende a su propio tiempo vital y que somos mucho más que individuos limitados y con escasas posibilidades de influir y cambiar el rumbo de la historia.

27/02/12.-
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