EL PACTO I / Por Indira Carpio Olivo

“El dolor posee para mí un encanto raro, y que nada enciende más mi pasión que la tiranía, la crueldad y, sobre todo, la infidelidad de una mujer hermosa”. 
Leopold von Sacher-Masoh 


 —Pero, ¿te penetró?
—...
M mira. Pide tiempo. Se explica con las manos. No puede desatorar.
Los periodistas no tienen alma. Tienen preguntas. En qué parte del relato subyace el dolor propio. Si tiene el agua hasta el cuello, preguntarle sobre el ahogo es un exceso. Y, un exceso en otro, es un espectáculo. ¿De cuántas formas se ufana la asfixia? ¿Con cuántas manos ahorca la pregunta?
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B quiere irse del país para “poder ser alguien” y, después de eso, “le crean”. Padece anorexia. Recientemente sufrió un preinfarto. P ha intentado quitarse la vida, sin éxito. A se echó para atrás en la denuncia contra el agresor en común con B y P, después de que su madre desestimara la muerte de Mayell Hernández en manos de su ex pareja, porque “¿y esa muchacha no tenía manos?”. C y M viven para contar lo sucedido. Casi no comen. Tampoco duermen. Se incuba un desastre entre ellas. Perdieron kilos y están a punto de perderse entre sí. Forman parte del grupo de seis denunciantes, de decenas de estudiantes depredadas, en una universidad nacional. Después de que cada una atravesara las tinieblas, lograron reconocerse, reunirse, e ir hasta las oficinas de las instituciones encargadas de hacer justicia, para contar lo que vivieron con su profesor de audiovisuales. Recorrieron por lo menos tres organismos y contaron lo sucedido, para ser remitidas directamente al Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas, Cicpc. Allí, las reciben funcionarios. Todos hombres. Ellas, cuentan lo sucedido. Ellos, plantan una sonrisa a media. Las miran de soslayo. Revisan el vídeo. Son ochos machos con una sola cabeza, un pulpo. A una de las víctimas, la protagonista del cortometraje, le dicen que está “riquita”. Uno en específico cree que “ese profesor tiene que ser marico”, porque a él se le “pararía”. La muchacha se enrosca y se rompe. Los moja. Todos cambian de actitud. La contienen: “tranquila, te vamos a ayudar”. Y, las ayudan.
—Pero, ¿te penetró?
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El profesor H saca a las más inocentes de entre la nube. Descarta las más vívidas. Todo está en la cara. Mientras más niña, mejor. Él ve “algo en ellas”. Se anuncia, “el mejor director de actrices del país”. Las recluta en el propedéutico, trayecto inicial. Tienen entre 18 y 19 años. M tenía 19. Es importante que a pesar de ser mayores de edad, parezcan más rapazas, casi nínfulas. “Veo algo en ti”. Lo próximo es citarlas en un centro comercial del este de la ciudad, cerca de su “oficina”. La mayoría de las seleccionadas, que no se conocen, ni se conocerán entre sí hasta que caiga el telón, vienen del interior a la capital. Todas tienen problemas con su familia. Algunas han sido abusada durante distintos episodios de su infancia. Una vez en el centro comercial, H habla sin parar de cine, de luz: “tú eres mi luz”, intercala piropos con ideas filosóficas, parte de su currículo con películas que deben ver, poesía con enumeraciones de las actrices que ha formado, bajo su “método”. No deja lugar a a dudas. Es un genio. “Tú no ves lo que yo veo en ti”. Suprime toda voz opuesta, principalmente la voz de la presa. La muchacha no sabe lo que quiere, en palabras del cazador: “yo sí sé. Tú vas a ser actriz y yo te voy a convertir”. Es el autoproclamado discípulo de Horacio Peterson. “Mi maestro se vino de Chile, porque quien hace arte no tiene familia”.

M vivía con su tía, en la periferia de la ciudad. Dormía en una cama con la hermana de su mamá y sus dos hijitos. Iba y venía a diario. Madrugaba para llegar a la universidad. Anochecía cuando ya estaba de vuelta a casa. Se marchó del hogar cuando su madre no le creyó que su padrastro la violaba. Su abuela no tenía ojos sino para las máquinas en los casinos. Su hermano era un imbécil con cédula. Papá, se había convertido en payaso e itineraba por el país, después de estar preso por violencia doméstica, al golpear a su madre. M vivía como había nacido y crecido, después de todo la lágrima se seca, sola. Leyó La venus de las pieles a petición del profesor H, y entonces floreó el bastón del hombre. La novela de Sacher-Masoh era el anzuelo.
—Pero, ¿te penetró?
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M y C, levantan la mano y juran por el sobrininto de H, lo “más sagrado que tiene”. Emulan el gesto del profesor cuando éste prometía, a cada una, que era “lo más importante”, su mejor amiga, su luz. Hablan con las manos. Lo repiten a él. Aseguran que el “pacto era tan grande, que lo justificaban,  naturalizaban el dolor”. Y en la naturalización del dolor, no hay defensa.

¿Que si las penetró?
Me descubro preguntándole cada tanto a M si hubo penetración, sin el menor gesto de humanidad. Varios días después, cuando transcribo su historia, me doy cuenta de que en verdad repetía la pregunta que me hiciera mi madre, luego de confesarle mis constantes huidas de las manos de su hermano mayor, durante toda mi niñez, y ser testigo de cómo éste pagaba con su hijita, mi prima, fallar conmigo. Repetía la única cosa que mamá supo decir:
 —Pero, ¿te penetró?
—...
Casi 30 años después entiendo que mi madre, también niña abusada, no sabía qué preguntar.
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Se cambiaron los nombres por siglas, para proteger la identidad de las participantes en esta historia. Es la primera parte de una pesadilla. El objetivo de contar lo sucedido, además de acelerar los ritmos burocráticos de la justicia, consiste dar el primer paso para desentrañar las redes de la pornografía local y alertar a otras niñas y mujeres sobre las formas en las que actúan los depredadores. La sociedad los pare. La sociedad los debe abortar.
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